Recuerdos de quietud ~ Summer Isles

La penumbra nocturna
de un sol que aún no se ponía,
alumbraba la isla
que yacía agotada
mientras mis ojos amaban su cielo.

Esto pasó, creo, en una playa de Tanera Mòr, ¿o fue en Ristol? En la Ristol de verdad, no en la de mi novelado, «El diario de Guille», desde luego. Está, no es imaginación, frente a la costa de Wester Ross, al noroeste de Escocia. Tan lejana me parece ahora que podría llamarse Tierra de Aventuras. Pero en realidad es mucho más humilde y sana. Ni siquiera hace falta mucho esfuerzo; basta un par de billetes, uno de tren y otro de autobús y un coche por carreteras de poco tráfico, pero sencilla conducción.

Y sin embargo pocos van por ahí. Confieso que no sé si volveré; las obras de remodelación de las pocas casas de Tanera Mòr se eternizan. Siempre podría volver a habitar en una tienda de campaña, supongo. A salvo de que no me haga demasiado viejo. Y no me quiero quedar en la tierra principal. No, no es lo mismo. En cuanto a Ristol, tendría que volver a entrarme una locura. Es una reserva de aves marinas, sin más habitación humana que la tienda que plante. Y hace frío, y llueve, y las mareas suben y bajan con la irrealidad grandiosa del norte. Y luego están las ocasionales nubes de midges, —parientes hambrientos de los mosquitos. Pero, qué belleza.

La ocasión a la que se refiere mi poema nació de la cosa más mundana. Habíamos llegado ese día en piragüa, puesto el campamento, hecha la cena, comidos y a dormir. Llama la naturaleza, hay que salir, alejarse de las fuentes de agua y de las tiendas de campaña. Luego cavar un agujero y hacerlo, mientras las pulguitas aladas hacen de las suyas.

No era momento de fijarse en la belleza del cielo, ni en la del mar, ni en la de la isla. Pero es que llueve cuando quiere y te maravillas hasta el estupor cuando la naturaleza te deja. Al final solo es una pequeña isla y un cielo como cualquier otro cielo. Sin embargo algo tiene que te embarga.

de Miguel de Luis Espinosa