La libertad de no opinar

Hay una cosa que me demuestra la experiencia: que hay no opinar es una clase de libertad. Comenta, opina, aporta, cada vez suenan más como una incesante e insensata lata. A ver, ¿hijos de mi vida? ¿Para qué queréis que aporte sobre cosas que no sé? Que en ocasiones, literalmente, ¿no sabe nadie? ¿Incluso cuando sería mejor callar?

¿Hay una obligación cívica o moral de opinar? En ocasiones sí, a veces no hacerlo se convierte en complicidad con las injusticias más salvajes que pueda imaginarse. Pero en otras, afortunadamente la mayoría, uno hace bien no opinando, o al menos calificando su opinión, humildemente, como lo que es, un pensar en voz alta. Un mero hilar de palabras, que surgen de los pocos datos dudosos que se conocen y de un reflexionar de menos de un día. O quizás antes que decir todo eso, fuera mejor callar y aprovechar para recopilar información más fidedigna y pensarlo más tiempo y mejor.

La libertad es hermana de la verdad; lástima que muchas veces prefiramos otra cosa

Miguel de Luis Espinosa