El Silbato

a Madame Brillon

de BENJAMIN FRANKLIN

[…]

Estoy encantado con vuestra descripción del Paraíso, y con su plan para vivir allí; y apruebo vuestra conclusión de que, mientras tanto, deberías obtener todo el bien que podamos de este mundo. En mi opición, todos podríamos sacar mayores bienes de lo que hacemos, y sufrir menos males, si tentemos cuidado de no pagar demasiado por los silbatos. Porque me parece que la mayor parte de la gente triste que encontramos han llegado a ese punto por ser negligentes en ese cuidado.

¿Se pregunta que quiero decir? Usted ama las historias y me perdonará si le cuento una de mí mismo.

Cuando era un niño de siete años, mis amigos, en una vacaciones, me llenaron el bolsito de moneditas. Fui directamente a una tienda donde vendían juguetes para niños; y habiendo quedado prendado del sonido de un silbato, que encontré de camino en las manos de otro chico, voluntariamente ofrecí y entregué todo mi dinero a cambio de uno. Luego volví a mi hogar, y me puse a silbar por toda la casa, muy feliz con mi silbato, pero molestando a toda la familia. Mis hermanos y primos, comprendiendo el negocio que había hecho, me dijeron que había pagado cuatro veces su valor, pusieron en mi mente todoas las buenas cosas que podía haber comprado con el resto del dinero; y se rieron tanto de mí por mi estupidez, que lloré de la vejación; y la reflexión me dio más desconsuelo que placer me había dado el silbato.

Esto, sin embargo, me fue luego de utilidad, la impresión continuó en mi mente, de forma que a menudo, cuando me tentaba comprar algo innecesario, me decía mi mismo: No pagués de más por el silbato; y ahorraba mi dinero.

Según crecía, entraba en el mundo, y observaba las acciones de los hombres, he pensado que he encontrado mucha, muchísima gente, que han pagado demasiado por el silbato.

Cuando observé a uno demasiado ambicioso del favor de la Corte, sacrificando su tiempo para atender las recepciones, su reposo, su libertad, y quizás sus amigos para conseguirla, me he dicho a mi mismo Este hombre da demasiado por su silbato.

Cuando vi a otro amante de la popularidad, constantemente empleándose en acontecimientos políticos, desatendiendo sus propios negocios y arruinándolos por negligencia, paga, desde luego, dije, demasiado por su silbato.

Si conocí a un avaro, que abandonaba toda clase de cnmfort, todo el placer de hacer el bien a los demás, toda la estima de sus conciudadanos y todas las alegrías de la amistad benevolente por la acumulación de riqueza. Pobre hombre, le dije, pagas demasiado por tu silbato.

Cuando encontré a un hombre de placeres, que sacrifica todo mejora laudable de la mente, o de su fortuna por meras sensaciones corporales, y arruinando su salud en su persecución, Hombre errado, le dije, te entregar dolor a ti mismo, en lugar de placer; has pagado demasiado por tu silbato.

Si veo a uno que gusta de la apariencia, o de ropas bellas, de una casa hermosa, , hermosos carruajes, todo por encima de su fortuna, por causa de lo cual contrae deudas, y termina en una prisión1, Lástima, digo, ha pagado muy, muy caro, su silbato.

Cuando veo a un jovem bella y dulce casado a un bruto, Qué pena, digo, que tuviera que pagar tanto por un silbato.

En resumen, concibo que gran parte de las miserias de la humanidad caen sobre aquellos que estiman falsamente el valor de las cosas y porque pagan demasiado por sus silbatos.

Sin embargo, debería tener caridad por esta triste gente, cuando considero que, con toda esta sabiduría de la que estoy presumiendo, hay ciertas cosas en el mundo tan tentadoras, por ejemplo, las manzanas del Rey John, que felizmente no están a la venta, pues de subastarse sería fácilmente conducido a la ruina en la compra, y encuentro que una vez más, habría dado demasiado por el silbato.

Adieu, mi querida amiga, y creáme siempre suyo muy sinceramente y con afecto inalterable.


  1. En esta época se envía a prisión a los deudores como medida para presionarles al pago. NdT

Miguel de Luis Espinosa