Cristianos valientes

Cuando miro al mundo veo el rostro de los pobres. Si me quedo lejos de ellos tengo miedo y vergüenza de lo que he hecho con el mundo que Dios para nosotros creó. Si me acerco a ellos me responden con alegría; como el Padre de la Misericordia te saludan con un ‘qué bien que has llegado’

Pero para descubrir esto uno tiene que salir de casa y comprometerse por el Reino. Dios nos llama a vivir en verdad entregados a los valores de Cristo y esto significa actuar.

Actuar es acercarse a los pobres y acercarse a los pobres es acercarse al mundo de la injusticia; de una injusticia de la que somos culpables por comisión u omisión; por haber hecho o por haber mirado hacia otro lado o, incluso por no haber hecho nada.

Ante una sola persona que sufre tenemos un mandato divino de detenernos y ayudarla como nos enseña la parábola del buen samaritano o Santiago cuando dice que la religión pura a los ojos de Dios es visitar a las viudas y huérfanos en sus necesidades. ¡Cuánto más en un mundo que sufre por millones!

Pero mira, acercarnos a la injusticia resulta peligroso. Primero porque nos incomoda egoístamente. Tenemos fabricados sueños donde no entran los pobres. Segundo porque ponerse a favor de los explotados es ponerse en contra de los explotadores. Defender la vida es estar en contra de los homicidas. Si defiendes a los inmigrantes no te querrán los racistas. Aunque no chilles, aunque no milites en partido político alguno, aunque no cuestiones directamente las estructuras de pecado, el mismo amover a los pobres – si es verdadero – constituye una denuncia explícita del mal y un acicate a las conciencias.

Ten por seguro que los hombres injustos no se quedarán quietos. Atente a las consecuencias.

En tercer lugar, los pobres no son santos. La pobreza que es fruto de la injusticia genera víctimas, pero no santos. Si se hacen santos es, por Gracia, a pesar de la injusticia, pero no por ella. Muy distinta es la pobreza a la que nos llama Jesús; tanta que me resulta hiriendo usar una misma palabra para designarlas. Pues bien, esa pobreza injusta angustia genera personas inseguras y todos sabemos como se defienden los acorralados. El odio, es verdad, genera odio. Cuando nos acercamos a los pobres nos exponemos también a todo esto.

Todos los anteriores son miedos externos, fáciles de controlar. Pero hay otros más poderosos que nos llevan a ser personas de poca fe y dudar de las palabras del Señor. De todos el más escondido y peligroso es la culpabilidad. Si Dios nos ha encargado el cuidado de los pobres enfrentarnos a ellos es mirar los rincones oscuros de nuestras almas. ¡Y no hay nada que temamos más!

Además, cuando trabajemos por los pobres vamos a equivocarnos. Seremos injustos. Denunciaremos a los que son inocentes. Nos creeremos salvados, mejores que los pobres. Nos hemos equivocado tantas veces y tantas veces nos los han recordado que creemos que nuestra vida son sólo errores. Sin embargo, Dios ve todo lo que hacemos por el cómo los padres ven el dibujo que su niño pequeño les ha dedicado.

Por eso hacen falta cristianos valientes que crean que Dios les ha perdonado; que sepan que es imprescindible que traigan al Reino de los Cielos sus sueños rotos; que desde sus personas imperfectas Dios hace surgir su amor.

El Padre del hijo pródigo sólo tiene para nosotros proyectos de futuro y esperanza. El no trae la cruz; es la cruz la que sale a nuestro encuentro. Métete a Cristo y saldrás crucificado. Sí, eso es cierto, pero luego resucitarás y participarás de la salvación del mundo.  Si vivimos con Cristo morimos con El y si con El morimos con El resucitamos.

Sólo hace falta valor: el valor de la fe.

Entonces vamos a tener esa fe. Vamos a creer en Dios de verdad, vamos a tomarlo en serio, vamos a decir que es posible hacer todo lo que podamos por el Reino de los Cielos. A Jesús, nuestro Señor, vamos a servir con alegría. Elabora un plan; ten una tarea; si puedes alimentar a un niño alimenta a un niño. Conviértete; mira con el corazón a Dios entonces encontrarás la Vida.

Porque suyo es el Reino, el Poder y la Fuerza, por siempre

Amén.

Miguel de Luis Espinosa