8 de diciembre, diario de Guille

Querida persona desconocida, si ayer hubiera habido el tiempo de hoy no habríamos tenido ese combate. Vivimos bajo una tormenta, con vientos muy fuertes y lluvias constantes. Se nota que se acerca el invierno a nuestra isla de Ristol. Eso significa que nos hemos tenido que quedar la mayor parte del día dentro de nuestra casa faro. Hemos comido sopa de lentejas, avena, montones de avena y pescado seco. Aunque supongo que esto no es lo más importante de este día, ¿verdad? Seguramente quieres saber lo que nos pasó con nuestro niño orco. Vale…

Bueno, ha sido un plasta. Lo primero es que apestaba, hasta que lo convencimos para que se bañara calentando el agua en la cocina. No todos los orcos son gente limpia, bueno la mayoría no, no hay necesidad de ser tan amables con esa gente. Pero bueno, eso no es tan importante. Lo segundo es que pudimos verlo medio desnudo y se le notan los huesos y la piel rugosa con cicatrices, escaras y cosas así. Sargento mamá dice que se curarán pero que le deben doler y le llevará tiempo curarse. Son las consecuencias de vivir mal y de que abusen de ti todo el tiempo. Lo de vivir mal lo entiendo porque todos hemos pasado por ahí, pero Sargento Mamá siempre me ha protegido de lo otro, así que a lo mejor ahí no puedo comprenderle. Heather sí, lo que es muy triste. Bueno, esa es la parte fácil, ahora lo difícil.

El niño se llama Lucas, como una canción que canta mamá en inglés inventado. (Es que la aprendió antes de saber inglés y le salen palabras que no entiende ni ella, pero suena triste.) Y lo de que suene triste es así como él, por eso te dije lo de la canción. Está muy inquieto, no se fía de nosotros, la palabra que más dice, y miles de veces, es «sorry», y hace una mueca rara con la cara como si pensara que le íbamos a pegar o algo malo y peor.

No te quiero decir lo que me imagino que ha le pasado. No porque te lo quiera ocultar. Aunque alguna vez sí te he ocultado algo, querida persona desconocida, no está pasando eso ahora. Es que no quiero pensarlo.

Heather nos ha dicho que no le hagamos promesas ni nada. Y Sargento Mamá que tengamos paciencia. Y Laika se queda pegado a él, dándolo cariño y me mira como diciendo. «¿Estás bobo? Haz lo mismo». El lenguaje perruno es el más claro del mundo. Pero a mí me cuesta esas cosas, podría hacer algo estúpido, equivocarme y poner a Lucas más nervioso o darle miedo. Así que me conformo con estar con él y jugar. A lo mejor pronto lo vemos sonreír, ahora me parece que fue más fácil con Heather, estoy muy preocupado con Lucas.

Bueno, para tranquilizarme te lo acabo de presentar. Tiene, según dice, once años, pero a veces los niños que piensan que les pueden pegar se quitan años para dar pena. No digo que mienta, podría tenerlos o quizás doce o incluso trece; todo depende del hambre y las enfermedades que haya tenido y tenga todavía. Es pelirrojo, con una coleta, pero el pelo está apagado, como de viejo, pero se vé que es peligroso (¡ja, quise escribir pelirrojo, qué risa!), pelirrojo en la piel y en los ojos. Tiene pecas y todo eso. La nariz es pequeñita, la boca también y no enseña los dientes, los debe tener horribles. También tiene una cicatriz grande en el cuello, que parece de… no, no voy a inventarme películas en mi imaginación porque la que se me viene es horrible de malvada. Seguro que tiene piojos. Por lo demás es un niño como nosotros.

Espero que acabemos siendo amigos. Voy ahora a rezar, querida persona desconocida.

Cuadro: «Oración al amanecer» de Anna Archer 1888

de Miguel de Luis Espinosa