7 de diciembre, diario de Guille

Querida persona desconocida, cuando pasan cosas malas debes pensar cosas buenas. Pronto, cuando pase lo que queda del otoño y el invierno las mariposas de colores volverán a jugar sobre las barritas grises de las focas. Sonreiremos y la isla se llenará de calor, como en la isla de mamá. ¿No lo has adivinado? Pasó algo muy malo.

Orcos

Querida persona desconocida, cuando me levanté a hacer la guardia de la madrugada pensé que sería lo típico: nubes, lluvia y aburrimiento, pero, no, descubrí un barco, uno de esos que dan tanto miedo. Estaban demasiado cerca, eso significa que se habían acercado de noche, escondidos en las sombras, y con la primera luz izaron las velas. Venían a escondidas. Lo estás pensando, ¿verdad? Orcos

Desperté a Heather. Lloró en cuanto se lo dije, porque sabía lo que teníamos que hacer. Como la otra vez. Y yo lloré también mientras cogía la carabina y corría a la puerta. Salimos juntos y parecía que no había ni frío ni lluvia ni sueño hasta llegar a los demás.

Rápido, los niños pequeños al refugio secreto, el que ni siquiera a ti te puedo contar. Heather y yo los protegeríamos con armas y sangre. Es en serio. Los adultos se emboscaron, esperando a los orcos. Y entonces fue el silencio.

Nuestros niños lloran de una forma especial, sin ruido y Heather les cantaba pero solo con sonrisas. Yo besaba mi carabina, la acariciaba y miraba por el agujero. Y fue así, mucho, mucho tiempo.

Y luego, bueno, pues los vi. Estos orcos no trataban de engañar a nadie, llegaron caminando despacio, con sus armas bien a la vista, sin ni siquiera amenazar. La vez anterior, como te conté en mi antiguo diario, vinieron engañando. Otras veces te amenazan para que les des tus cosas pero también es un engaño, si se las das te matan también, o te hacen su esclavo, o algo peor. O también «y» algo peor. Son así. Pero hoy no, no sé. Quizás ya ningún superviviente se cree nada que digan. Supongo que pensaron que estábamos escondidos, indefensos, llenos de miedo y ellos eran los machitos malotes que nos iban a cazar. Yo que sé.

Pero vi que eran ocho, siete hombres y un niño, todos armados. En cuanto vimos al niño, Heather y yo, nos pasó una tormenta por los pulmones. ¡No! Otra vez no, no como la otra vez, no podía pasar. Nos quedamos quietos, quizás no pasara nada, podía entrarles el miedo y volverse, a veces pasa. Pero no lo hicieron, siguieron acercándose y justo directamente a nuestro refugio secreto. Era imposible que nos hubieran visto, fue solo casualidad, pero me aseguré de que el cargador estuviera bien ajustado. Porque sabía que en un momento Sargento mamá daría la orden de disparar.

¡Bauuum!

Uno de los orcos muerto. Más balas, yo disparo también, y Heather y supongo que todos los demás. Los orcos se tiran al suelo, se esconden tras una cerca y disparan también, pero a lo loco. Enseguida van muriendo. El niño orco sigue de pie asustado, agarrando su fusil de caza como si fuera una protección mágica. Heather me tocó, sus ojos llenos de pena. Pensé: ¡como la otra vez, no! Y entonces hice una gran estupidez.

Miré a Heather, miré a Laika, abrí la puerta del refugio, tiré mi carabina y salí corriendo. Laika fue detrás de mí. Heather se puso a disparar como si fuera un soldado —eso me lo dijeron después—. Disparos, balas, todo era muy confuso. Yo corría, el niño orco me miraba y solo tenía miedo. Y yo también. Y sigo corriendo. Un tipo me dispara —eso también me lo contaron— pero falla y luego Sargento Mamá le dio en… no importa, se murió y ya está. Y entonces me lanzo a por el niño orco, y lo abrazo y rodamos por el suelo, y lo sigue abrazando, fuerte, muy fuerte para que no pueda mover los brazos. Era un año más pequeño que yo, y más bajo, más flaco. Una suerte.

Y nos quedamos llorando los dos juntos hasta que se acabó el ruido. Seis otros orcos estaban muertos, uno muriéndose. En mi imaginación los orcos son monstruos de dientes retorcidos y piel verde, pero cuando termina todo son personas normales, pero malas. Solo personas malas, como podíamos serlos nosotros. Pero el niño orco y yo no luchábamos, solo le apretaba tan fuerte como podía y el se dejaba apretar pero yo, aunque me dolían los músculos tenía que seguir apretando. No había razón, solo instinto. Y vinieron los nuestros… y Sargento Mamá.

Muchas formas de llorar

—Lo siento. —Le dije. Es que tenía que haber protegido a los pequeños, no ponerme en peligro, pero ni mamá ni los otros se enfadaron. Mamá me cogió y abrazó y aunque no me suele gustar mucho que me abracen, y hoy fueron dos veces y dos veces de la clase muy raros, me gustó.

Se llevaron al niño orco a la casa grande. Lo llevaban cogido por los brazos y el niño orco lloraba y decía: «mom, help me», aunque su mamá se había muerto hacía muchos años. Pero es normal que un niño diga eso cuando piensa que le van a hacer algo muy, muy malo.

Pero no lo hicimos.

Ahora lloro pero es que… no sé… ¿cómo lo hicimos para encontrar gente tan buena? Lo han perdonado, lo hemos perdonado aunque sea peligroso. ¿Sabes? Hoy duerme conmigo, con Laika y con Heather. Sé que Laika nos protegerá si hace algo malo. Podía pasar, aunque no sé si me dormiré hoy, querida persona desconocido. Por eso estoy escribiendo tanto, por eso y para dejar que el miedo se vaya al lápiz, del lápiz al papel y todo eso. Heather se durmió hace poco, el niño orco lleva mucho tiempo dormido. Sé que mamá tampoco va a dormir esta noche.

No sé que más escribir. Ah bueno, ya que no me duermo, te cuento que después del combate nos fuimos a la casa grande y me quedé con el niño. Nos quedamos todos pero solo quería hablar conmigo y con Laika. Supongo que por lo que hicimos. Bueno, solo le dije que su mamá no tenía que tener miedo, no le íbamos a hacer cosas malas y que se podía ir si quería.

Pero no quiso, claro, vivir solo en este tiempo es muy difícil. Lo dije solo para que no pensara que era un prisionero o algo así. Después lo dejamos solo, Heather me miró y me dijo que el niño no había matado a nadie porque no tenía marca. Muchos orcos se hacen una marca la primera vez que matan a alguien para demostrar que son malos y todo eso. Un tatuaje especial y el niño no lo tenía. Me dijo que pensaba que era un prisionero y que lo usaban de bulto en las guerras.

Y bueno mi miedo, el miedo de que ese niño sea malo no quiere que me duerma. Pero mi cuerpo dice que no puede más. Si este diario se acaba aquí recuérdame, al menos hice algo bonito mi último día. En fin, de algo hay que morir…

Espero que acabemos siendo amigos. Voy ahora a rezar, querida persona desconocida.

Imagen: The Last Stand de Ignacio Corva (Creative Commons)

Por cierto, Ignacio, tu generosidad es increíble. Ni me imagino todo lo que habrás trabajado en esta genialidad para luego compartirla generosamente con todos con una licencia Creative Commons. Si te apetece ayudarme con alguna ilustración para este «Diario de Guille» y me puedo permitir pagarte ya sabes dónde estoy. (Aplauso)

de Miguel de Luis Espinosa